Desconfianza. Vergüenza. Con estos términos se han expresado, de manera generalizada, los usuarios que han decidido dejar sus comentarios en las notas que LAVOZ.com.ar publica desde el domingo 2 de septiembre sobre las recientes elecciones.
Los máximos protagonistas de la democracia, los electores, manifiestan una consensuada sensación de desconfianza, desilusión e impotencia con los resultados de la polémica elección, todavía no resuelta y en proceso de escrutinio definitivo.
“Es una vergüenza” es una de las frases más leídas, junto al pedido de un recuento de votos, considerando que el sufragio es, para muchos, la única posibilidad de participación cívica, y como tal, merece ser valorado y respetado. Aún así, algunos acuerdan con la idea de revisar sólo las actas –como se está haciendo-.
También hay muchos que ven en el balotaje una alternativa frente a la escasa diferencia obtenida entre Juan Schiaretti y Luis Juez, a pesar de no estar contemplada en la Constitución provincial.
Otros tantos piden la anulación de los comicios, frente a la firme sospecha de fraudes e irregularidades. “Que los dos se comprometan, garantizando con propiedades, que el que pierde paga todos los gastos que esto va a ocasionar”, propone uno de ellos.
Por otro lado están quienes mencionan la idea de informatizar el acto electoral: el voto electrónico, las e-urnas, la tecnología al servicio de la democracia. Como si la sola herramienta tecnológica pudiese garantizar la transparencia que los responsables del acto electoral no garantizan, al menos en el sentir popular.
Así como en la mayoría de los comentarios se lee la palabra “desconfianza”, hay quienes defienden a uno y otro candidato, desacreditando al oponente. La cuestión partidaria no queda del todo al margen de semejante disyuntiva, aunque (insito), siento que la posibilidad de haber sido víctimas de un fraude es aún mucho más fuerte que las banderas partidarias.
Tomando como punto de partida lo que puedo observar en mi trabajo, pero teniendo en cuenta la movilización que se vivió en las calles de mi ciudad, es que me atrevo a decir que el pueblo se está despertando, o mejor dicho, que está despierto. Y no se rinde frente a los indicios de traición que la realidad pone ante sus ojos. Como periodista, pero principalmente como ciudadana, veo en este fervor un halo esperanzador, porque (con independencia de la definición de los comicios) esta efervescencia social habla, para mí, por sí sola: el pueblo que vota, está pidiendo ahora ser escuchado. ¿Podrá hacer oír su voz?